26.12.09

Mujeres sin-seno (quita parte- final)

El viaje de la Ayahuasca

Concertamos una cita para toma ayahuasca con un chamán local. El brujo tenía unos setenta años y una cara redonda y suave como la de un bebe. Nos pidió que lo llamásemos Lobo. Estaba oscureciendo cuando llegamos a su choza hecha de paja, hojas de palmera y tierra. Tres mujeres de la comunidad nos acompañaron hasta el biombo de la entrada y tras éste desaparecieron. No las volvimos a ver. El brujo nos preguntó si teníamos algo para beber. Le convidamos agua fresca y limpia del termo. A pesar de la sed, yo no bebí. Lobo depositó el termo en el suelo, a sus pies, y se arrodilló frente a una cazuela hecha de barro y chamote. Contra un rincón de la choza tenía un pequeño atril con una cruz de madera, una imagen de la Virgen, plumas y paquetitos de cigarros que, cuando nos convidó, supimos que eran de tabaco negro. El Chamán se quedó un tiempo en silencio, de rodillas y con la mirada posada sobre la tierra. Sólo se incorporó para tomar más agua. Su ayudante estaba sentado a su lado con las piernas cruzadas y en dirección al atril. Se rascaba permanentemente la nariz y cada tanto echaba una mirada al biombo. Según la tradición las mujeres no pueden presenciar el ritual.

El Chamán comenzó a cantar bajito. No pude distinguir ninguna de las palabras que salieron de su boca, pero el mismo sonido se repitió una y otra vez. Sacudió una pequeña escoba sobre la casuela de barro mientras a silbaba la misma melodía. Un arqueólogo de Trujillo me había contado que eso se hacía para ahuyentar a los malos espíritus que podían meterse en la ayahuasca. El brujo agarró una botellita de plástico llena de ayahuasca. Echó el espeso líquido verde sobre la casuela y la bebió de un saque. Se limpió la boca y siguió canturreando. Un olor ácido avanzó sobre la choza. Tal vez alguno de los presentes tosió para quebrar el silencio. No lo sé. La ansiedad, mezclada de miedo y nervios, me comía. Quería probar la ayahuasca, pero a los brujos no hay que apurarlos.

Noté un sabor amargo en la boca, parecido al que se tiene en un ataque de náuseas. Le devolví el cuenco al chamán. En cuestión de minutos sentí un gran vértigo y la choza comenzó a girar. Una sensación similar a una borrachera me obligó a recostar. Tuve recuerdos de mi infancia como fogonazos y me vino la imagen de mi viejo en terapia intensiva. Estaba completamente inestable, luché por disipar esas ideas y me repetía: “que se me pase, que se me pase”. Me levanté violentamente y salí. Me acosté junto a un árbol y vomité tres veces. Oí arcadas desde el interior de la choza.

Debieron pasar varios minutos, tal vez horas, hasta que alguien se presentó junto a mí. Sentí unos suaves golpes de un pie descalzo en las costillas. Abrí los ojos, y aunque todavía no veía claro, noté que estaba rodeado por unas hermosas mujeres desnudas. Una de ellas, al parecer su líder, se agachó, me miró con odio y me levantó de un manotazo. Advertí con escalofriante asombro que todas se habían mutilado el seno derecho como aquellas mujeres que lucharon contra Heracles y Aquiles en Troya para que sus flechazos fuesen más certeros. Las mujeres sin seno exploraron mi cuerpo, alguna gimió. Su líder me beso en la boca y luego me rodeó el cuello con las manos para estrangularme. Yo no tenía fuerza para resistirme. Un frío intenso me estremeció el cuerpo. Francisco Orellana fue el primer hombre blanco en navegar el Amazonas. Desde ese día la historia de su cuenca mutó en una tragedia griega y sus marcas aún yacen como estigmas en el cuerpo del continente. Como las sin seno (ama-zonas) que ahora me matan en este relato. “Señor ¿quiere entrar a descasar a la choza?”. No, gracias, alcancé a decirle al ayudante del brujo. Y seguí recostado mirando el cielo de la selva mientras me desintegraba en la tierra.

18.12.09

Mujeres sin-seno (cuarta parte)

Selva

Jorge, el capitán del Eduardo III, nos acompañó hasta la casa de Moisés, un hombre nacido en Chachapoyas, la comunidad más grande del río Napo, afluente del Amazonas. El hombre se radicó en Iquitos para abrir su negocio de turismo. Allí discutimos un buen tiempo el precio y la cantidad de días que íbamos a pasar. Cerramos en 50 soles la jornada durante una semana y media, es decir 500 soles cada uno (casi 600 pesos argentinos). Un alojamiento barato y precario en Lima cuesta alrededor de 25 soles.

Moisés nos llevó en su bote a motor hasta el refugio del Alto Amazonas a orillas del Requena. El ‘Campamento de Moisés’ es un complejo con tres chozas en las que alternan sus seis hijos y sus siete sobrinos que hacen de guías y preparan la comida para los visitantes. La morada principal es espaciosa con una larga mesa de tabla en el medio en la que comen 20 personas. El lugar se aprovecha para colgar las hamacas protegidas por un rollizo mosquitero. En la segunda sólo duerme la familia de Moisés y la tercera está reservada para los turistas que están dispuestos a pagar un espacio más privado con cama con colchón y mosquitero. Nosotros compartimos la choza con unas chilenas y una pareja de argentinos. La habitación privada estuvo desocupada hasta que vinieron James y Sophi, un feliz y aventurero matrimonio de California. Jo.

El encuentro con la selva es inenarrable. Navegamos alrededor de 10 horas por el río Ucayali hasta que se funde con el río Marañón. Esa unión forma al negro y profundo río Amazonas que atraviesa de lado a lado el cuerpo del continente. Sus aguas tienen la calma ciega de un insecto. La vida fluye de su paisaje y el sonido es un concierto de especies exóticas. “Una vez, en cuarto grado, mezclé todos los colores de las témperas y me quedó un verde opaco pero lleno de profundidad y vida. Me sentí tan orgulloso de mi creación que lo bauticé ‘verde natureza’. Y ese color un día volvió. Ese es el color que me rodea y reviste la selva: todos los colores en orgía explotando en un gran verdemulticolor. ¿Será por eso que todos se sientan atraídos a conquistarlo?”. Esa fue mi primera y casi única anotación en toda mi estadía en el Amazonas.

Los primeros días fueron de caminatas y paseos por ríos y cochas (lagunas) que rodeaban al campamento. Nos proveyeron de unas gruesas botas de plástico para evitar que una serpiente nos clavase los colmillos. La omnipresencia de la humedad tropical, el calor y los zancudos obligan a usar ropa suelta pero que cubra bien el cuerpo. Yo me puse un poncho impermeable sobre el torso desnudo y un pantalón de jogging largo. En esas pequeñas expediciones vimos monos choros y perezosos que se nos acercaron por curiosidad y hambre. Nos persiguieron delfines de río y camugos sobrevolaron nuestra marcha. Además, alimentamos con nuestra sangre a más de dos mil especies de mosquitos. Éramos el espectáculo de la selva.

Pasamos tres noches en la comunidad de Puerto Miguel, donde Nilton, nuestro guía e hijo de Moises, nos hizo alojar por una familia. Es decir, colgamos nuestras hamacas con mosquitero en una pequeña habitación vacía. Nos solíamos levantar temprano con ansias de salir a explorar la selva, pero Nilton prefería dormir hasta tarde. Desayunábamos a eso de las once y entre que se decidía qué íbamos a hacer terminábamos por salir después del mediodía. Puerto Miguel se llama así en honor a un soldado que se distinguió durante la guerra con Colombia en 1940. Le pregunté por el asunto al hijo de Moisés y me dijo “sí”, fue un soldado que hizo algo en la guerra. “¿Qué fue lo que hizo?”, “bueno... hizo algo”.

La selva, se sabe, es inmensa. Los árboles son altos y sus ramas grandes y anchas como techos. Su fisonomía cubre el cielo y a las cinco de la tarde sólo unos hilitos de luz dan cuenta de la existencia del sol. Rodeados de insectos y animales exóticos, abriéndose camino con machetes entre la maleza, realizamos lentas y extensas caminatas. Los zancudos se proponían drenarnos. Nos alimentamos con frutas y tomábamos agua de las raíces que cortábamos de los árboles. Además de Nilton, nos acompañó Yefri, uno de sus primos (digamos que su función era salir corriendo a buscar ayuda si nos picaba algo venenoso). Los muchachos raspaban árboles y guardaban pedazos de corteza para vendérselas como muestras a científicos. Chuchuhuasa, Huairuro y Lupuna, son sus favoritos. De esas sabias salen los componentes principales de muchos remedios. Les pagan 1 sol por tres piezas. Luego, si les interesaba, los llevanban hasta el árbol: "Necesito dinero. Así gano más de lo que me da mi padre".

De las cuatro noches que nos habíamos propuesto acampar a la intemperie estuvimos sólo dos. En temporada de lluvias las crecidas del río alcanzan cifras extraordinarias (el record se registró en 1999 con 120 metros sobre el nivel del mar) y al mirar la nueva orilla que arrojaba la mañana Nilton se desconcertaba. Todos los años se reportan alrededor de 70 damnificados, viviendas destruidas y varias hectáreas de cultivos arrastradas. El día que decidimos volver para el campamento amanecimos encerrados por plantas flotantes. A Yefri lo notamos muy preocupado. Demoramos casi toda la tarde en encontrar el camino de regreso. Los pescadores con los que nos cruzábamos no mostraban mucho interés en explicarle a nuestro guía cómo llegar, sólo lo hacían a cambio de que les comprásemos sus pescados. Eran muy baratos, pero no todos ellos comestibles. Volvimos avanzada la noche con más de veinte presas en un balde. Jo.

11.12.09

Mujeres sin-seno (tercera parte)

Iquitos

El puerto de Iquitos parece detenido en el tiempo. La costa del río Ucayali es territorio de serpientes, cóndores y tortugas gigantes llamadas charapas –de ahí que el apodo a los exiliados de la selva en Lima- . Las proximidades tienen pinta de haber sido devastadas por una inundación no muy lejana. Máquinas oxidadas, chatarra abandonada por todos lados. Aguas pantanosas por las calles y alumbrado que no funciona. Los hombres que van a embarcar se concentran en un bar frente a una casa en la que viven y trabajan cinco putas. Los tipos toman largos tragos de aguardiente. Las mujeres se quedan sentadas en la puerta, bajo la luz pelada de una bombilla, esperando.

La base naval, en contraste, está bien iluminada. Balastros y reflectores. Se trata de un bloque gigante de cemento pintado de verde con ventanas venecianas y una flameante bandera con bastones rojos y estrellas blancas sobre un fondo azul en la entrada. Está cercada y rodeada por petizos morrudos y armados que lucen anteojos negros y toman Coca-Cola. El complejo tiene un aeropuerto internacional privado, calderas con agua potable caliente (un lujo) y una pequeña oficina de National Geographic anexada que sólo le da información a los investigadores y científicos sajones que van a hacer su trabajo a la reserva Pacaya-Samiria, la más grande del país y la segunda de la hoya amazónica.

La arquitectura del centro de la ciudad es típicamente peruana: construcciones coloniales, colores ocres, la plaza de armas con la fuente seca y una iglesia con agujeros en forma de los sacrificios de oro y plata que fueron saqueados. Tiene un pequeño centro comercial con cuatro o cinco locales muy lujosos para un consumidor fantasma. En la calle principal hay un hotel cuatro estrellas de una cadena estadounidense. Nada de esto existe en el resto de las ciudades del departamento de Loreto, ni siquiera en ciudades importantes del norte de Perú como Chiclayo o Piura. En la puerta de uno de los locales se concentran niños que observan con admiración la vidriera. El local se llama Santa Cruz y vende ropa de surf en dólares. Una remera de neoprene cuesta lo que 50 kilos de papas negras. Jo.

4.12.09

Mujeres sin-seno (segunda parte)

‘Eduardo III’

Llegamos a Trujillo de madrugada. Nos sorprendió una ciudad con una destacable arquitectura colonial. Arquería, piedra labrada, puertas trapezoidales, adobe y ocres pintaban y daban forma a la urbe. “Acá se hacían pajas de oro y plata”, arrojó sobre la suntuosa Iglesia del Carmen mi compañero que hacía poco se había licenciado en Historia. En cuanto amaneció nos escapamos a la playa que tenía de antesala a una pequeña localidad llamada Huanchaco y en la que pasaríamos unas noches antes de ir al puerto de Yurimaguas.

Conocimos a una muchacha de Iquitos que se ocupaba de la limpieza de la casa en donde nos alojamos. Nos ofreció una bombilla que se habían olvidado unos argentinos y nos pidió que le “regalásemos” unos mates (sinónimo de compartir en Perú). La chica era agradable y muy mona. Bajita y quebradita, ojos bien redondos y negros, una cintura que dibujaba el recorrido de los ríos tropicales y unos pechos grandes y apretados. Daniela, así se llamaba, nos contó que el Amazonas es la historia del caucho, que alumbró la fortuna de parte de la oligarquía, así como el cacao y los arrasados bosques. Su geografía se convirtió en el cementerio para los obreros reclutados a cambio de moneditas, como le sucedió a su padre, al padre de su padre y al padre del padre de su padre. La mala explotación y la ausencia de un marcado que demande los últimos pedazos del Perú provocaron que la mayoría de la población migrara a Lima, donde los recibieron con miedo y discriminación. Esa historia no se la contaron a los taxistas limeños. Jo.

Sólo una empresa hace el recorrido hasta Iquitos y su flota está compuesta por tres naves iguales. “Están bien rotas y andan bieeen lento. Además, el tiempo de viaje depende de cuántas veces los paren los paisa que viven a orillas del río”, agregó Daniela. Este barco-balsa también suple la conexión comercial entre los pueblos que los gobiernos abandonaron hace más de medio siglo. El pasaje incluye tres comidas diarias: desayuno, almuerzo y cena “lleven cuencos y espumadera”. Asimismo, para poder dormir hay que hacerse de una hamaca paraguaya y buscar un buen lugar donde colgarla o bien dormir en bolsa sobre el metálico piso. Nosotros alternamos.
La tercera mañana de Trujillo decidimos marchar al puerto. El viaje duró casi dos días, aún el tramo de la ruta que cruza la cordillera estaba resbaladizo y en el final del trayecto el chofer debió detenerse tres veces para sacar las piedras que huelguistas bananeros habían colocado hacía unos días. Nadie sabía el motivo de la protesta ni su resultado.

Llegamos al puerto de madrugada. El Eduardo III estaba amarrado hacía dos días y los pasajeros anhelaban que al fin partiera a la mañana siguiente. Colgamos una hamaca que le compramos a un portuario borracho por 20 soles cerca del comedor. Debajo extendimos la bolsa de dormir con las mochilas. Congeniamos con nuestros vecinos que repitieron la misma advertencia de Daniela: “hay que dormir con los oídos abiertos”.

El barco estaba viejo y oxidado. El sistema de agua corriente no funcionaba y las condiciones del baño son indescriptibles. La gente del interior se toma la cosa con relajo, no tiene problemas en echar al río sus desechos. La comida es grasienta. El arroz y el plátano sancochado (banana verde sin sabor hervida en sal) redundan todas las raciones hasta el empacho. El problema no es la cantidad, como pensamos en un principio, sino la variedad: pronto andaríamos con el vientre seco. El capitán, con quien mantuvimos una buena relación, insistía en lo rica que era la comida del barco. “Riquísima” mentíamos. El tipo era simpático pero algo parco, nos había prometido contactarnos con una gente que nos llevaría a la selva.

Lo interesante del Eduardo III era convivir como si fuese un vecindario flotante de 150 personas. Despertamos la curiosidad en los niños por parecer “gringos” y por nuestros quehaceres, como tomar mate, sacar fotos y leer en voz alta. Conocimos a muchas personas con quienes intercambiamos ideas, modismos y costumbres. Nos parecieron exageradas las advertencias sobre los robos, aunque no puedo generalizar puesto que no lo frecuentamos más de dos veces. Los únicos momentos de “alerta” eran cuando el barco se arrimaba a la costa para que la gente de alguna comunidad subiese a vender sus productos (frutas, pescados, artesanías). “Hay gringos que ocultan su equipaje dentro de costales de harina”. El mito de inseguridad atraviesa toda América latina: siempre está latente la idea de que te quieren robar o matar por cualquier cosa. Aún hoy cuando comento alguno de mis viajes recibo como respuestas “estás loco” o “¿Les pasó algo?”. Lo mismo sucede cuando vas al quisco de la vuelta de tu casa después de las diez. El mito consiste en mostrar al mundo a través de los ojos del hombre blanco. América latina no es una novela un tanto peligrosa. Si los riesgos fueran reales sería estúpido imponerlos. Jo.

28.11.09

Mujeres sin-seno (primera parte)

Por Juan Carlos Dall'Occhio

“La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que será” imprimió Galeano en las Venas Abiertas. América latina sufre el peso muerto de España y el saqueo hoy se hace carne en toda la región. Perú es en donde más se siente. La plaza principal de Miraflores, el barrio más paqueto de Lima, se llama John F. Kennedy. Lo curioso es que originariamente se la denominó Manco Capac -primer cacique Inca- y se la reemplazó en los noventa por ordenanza del alcalde Alberto Andrade, hace poco fallecido en Washington. La avenida más importante de este mismo barrio se llama Francisco Pizzarro, cabeza del genocidio Inca. El centro está minado de franquicias como Mc Donald’s, Starbuck, Pizza Hut, Hoyt’s Cinema. Caminando con oído freak se escuchan inflexiones de español contaminados de expresiones yankis. El look mirafloreño toca una nota desafinada en la triste melodía peruana. Eso sí, fuera de ese pequeño perímetro posmoderno está el presente. Millones de peruanos de todas las regiones: serranos, costeños y charapas que migraron a la ciudad por urgencia. Y bajo esa misma urgencia viven; hacinados en casas de cartón, tapados por la mugre, rodeados por afiches de publicidades y campañas políticas, pintadas de la Alcaldía como “prohibido orinar y defecar en la calle”. La Liverpool del siglo XIX sería un palacio. “Ellos son los que están mal”, por eso los taxistas de cabinas enrejadas no te quieren arrimar, por ejemplo, a Villa El Salvador, un barrio que se fundó en 1971 por los sin techo provenientes de las tierras altas y que fueron reubicados por el gobierno en una zona semidesértica sin ningún servicio. Los indigentes están dispuestos a matarte. La gente de la ciudad odia y teme a los del interior, quizás porque conservan sus costumbres indígenas.

El día que llegué a la capital peruana me encontré con un muchacho que, como yo, quería conocer el Alto Amazonas. Decidimos tomarnos el tiempo necesario para averiguar cuáles eran las mejores opciones para ir hasta Iquitos, capital del departamento de Loreto, ciudad más próxima a las comunidades de la selva. Esta metrópoli, al igual que Leticia en Colombia y Manaos en Brasil, está asombrosamente más desarrollada que grandes ciudades con mayor densidad de población del Perú. En realidad sorprende por la lejanía y lo dificultoso de su acceso, pero el hecho de ser la puerta de entrada a la magnánima reserva acuífera y forestal, entre muchas otras riquezas, deja de sorprender. Iquitos y Leticia, además, tienen instalada una base naval estadounidense. De Manaos fue depuesta hace más de 10 años. Jo.

Por aire y agua son las únicas formas de llegar. Nuestro presupuesto hizo fácil la elección: fuimos en barco, claro, aunque de cualquier manera hubiese elegido ese transporte. Nunca me fié de los viajes en avión, la sensación de elipsis, la anulación de espacio-tiempo, descolocan a cualquier ser animado. El viaje en barco, asimismo, tiene dos opciones: viajar en bus 20 horas desde Lima hasta Pucallpa, una gris y fría ciudad-puerto, y desde allí navegar cinco días río arriba hasta Iquitos. O bien seguir por la costa hasta Trujillo, donde podríamos relajarnos en las calientes playas del Pacífico, y hacer conexión a Yurimaguas, la otra ciudad-puerto de la que parten naves a la selva que demoran cuatro días.

Si bien la diferencia en tiempo entre las dos rutas, a priori, es mínima, en aquel momento el servicio meteorológico vaticinó una gran tormenta en la cordillera que provocaría derrumbes y bloqueos en las carreteras. Enero y febrero son los meses favoritos para el encuentro entre el altiplano y la lluvia. Por ese motivo proliferó la idea de caminar Lima unos días más y luego ir a Trujillo a esperar que el tiempo abra el destino en forma de selva.

26.11.09

Mirar pensar mirar

En cinco entradas continuadas, con una semana de diferencia, voy a subir una crónica non-ficcionada del Amazonas. Ese será el último documento del blog.

tictoc

27.10.09

Hay bastante metafísica en no pensar en nada


Por Fernando Pessoa*

¿Qué pienso yo del mundo? ¡Yo qué sé lo que pienso del mundo!
Si me enfermase, pensaría en ello.

¿Qué idea tengo yo de las cosas?
¿Que opinión tengo sobre las causas y los efectos?
¿Qué he meditado sobre Dios y el alma
y sobre la creación del mundo?
No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos
y no pensar. Es correr las cortinas
de mi ventana (pero no tiene cortinas).

¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es misterio!
El único misterio es que haya quien piense en el misterio.
Quien está al sol y cierra los ojos
comienza a no saber lo que es el sol
y a pensar muchas cosas llenas de calor.
Pero abre los ojos y ve el sol
y ya no puede pensar en nada
porque la luz del sol vale más que los pensamientos
de todos los filósofos y de todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
y por eso no yerra y es común y buena.

¿Metafísica? ¿Que metafísica tienen aquellos árboles?
La de ser verdes y encopetados y tener ramas
y la de dar fruto en su momento, nada que nos haga pensar
a nosotros, que no sabemos tomarlas en cuenta.
Pero ¿qué metafísica mejor que la suya,
que es la de no saber para qué viven
ni saber que no lo saben?

«Constitución íntima de las cosas...»
«Sentido íntimo del universo...»
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
Es increible que pueda pensarse en cosas como éstas.
Es como pensar en razones y fines
cuando el comienzo de la mañana está rayando y por
los lados de los árboles
un vago oro brillante va perdiendo la oscuridad.

Pensar en el sentido último de las cosas
es exagerado, como pensar en la salud
o llevar un vaso de agua a las fuentes.
El único sentido íntimo de las cosas
es que no tienen sentido íntimo alguno.

No creo en Dios porque nunca lo vi.
Si él quisiera que yo creyera en él,
Sin duda que vendría a hablar conmigo
Y entraría por mi puerta adentro
Diciéndome, ¡Aquí estoy!

(Esto es tal vez ridículo a los oidos
De quien, por no saber lo que es el mirar a las cosas,
No comprende a quien habla de ellas
Con el modo de hablar que reparar hacia ellas enseña.)

Mas si Dios es las flores y los árboles
Y los montes y sol y la luz de la luna,
Entonces creo en él,
Entonces creo en él a toda hora,
Y mi vida es toda una oración y una misa,
Y una comunión con los ojos y por los oidos.

Mas si Dios es los árboles y las flores
Y los montes y la luz de luna y el sol,
¿Para qué le llamo yo Dios?
Le llamo flores y árboles y montes y sol y luz de luna;
Porque si él se hizo, para que yo lo vea,
Sol y luz de luna y flores y árboles y montes,
Si él se me aparece como siendo árboles y montes
Y luz de luna y sol y flores,
Y él quiere que yo lo conozca
Como árboles y montes y flores y luz de luna y sol.

Y por eso yo le obedezco,
(¿Qué más sé yo de Dios que Dios de sí mismo?),
Le obedezco viviendo, espontaneamente,
Como quien abre los ojos y ve,
Y le llamo luz de luna y sol y flores y árboles y montes,
Y lo amo sin pensar en él,
Y piénsolo viendo y oyendo,
Y ando con él a toda hora.


*Texto que mandó Nico Palombo desde San Pablo.

15.10.09

Carta abierta

Por nadie.

A usted,
Señora compradora de woks y tacitas de café: a mí los productos me hablan.
La comprendo, y hablamos de supersticiones nomás. Le paso a explicar:
Sé que usted hace lo posible para que ellos no se levanten en armas, pero a mí, los productos me hablan señora, y necesito urgente verbalizar este universo, y sé también que a usted esto puede sonarle estrafalario, por eso le digo que la comprendo, pero creamé, soy un señor de bien, de esos que portan documentos, que hacen trámites, y que también dejan el asiento a esas pobres muchachas que aún no aprenden a cerrar las piernas ¡Claro!, es que aún no nos enseñan a vivir, pero no es cuestión de hechar culpas hacia afuera, lo que a mí me trae a esta mesa del Once, a escribir esta carta, es la repugnancia, porque a mí señora, los productos me hablan, y creamé que al ingresar a ese mausoleo me veo impregnado por una entidad abrumadora que se convierte en mi efímera alma, y a su vez, esta es registrada por un sensor "Dios abre la puerta y bienvenido", hay globos, burbujas y homicidios (A mí los productos me hablan señora ¿Cómo se lo tengo que decir?).
Lo suyo es pura superstición al creer que apropiándoselos y colocándole un código de barras al tomate va a evadir esta: mi realidad, la que mañana puede ser suya.
No sea cosa, que un día, los tigres, esas fieras de las cajas rugan, y quieran devorarla, y usted ahora, es una señora estrepitada por el mismo grito que zumba constante en mi ser, y ahora, ahora está sola, sola en medio de una multitud que se rie, sí, se rien de usted; son las caras del cartel que la conocen: ellos lo saben todo ¿Ahora me entiende?
Por usted le digo, ojalá nunca llegue ese día, porque va a sentir lo que yo hoy, caminando por una cinta de moebuis entre profilacticos y penes erectos que buscan mi boca, y al oído, otra vez, los productos que me hablan señora, y allí, allí, en la inmensidad luminosa unos soldados haciendo fila, avanzan, avanzan, están muertos, pero eyaculan cuando sus prodcutos enviados por un dios misericordioso, son recibidos por sus domesticadas, esas señoras, como usted, de rostro barroco y:
- Muchas gracias por su compra ¿Desea donar su vuelto a los niños pobres?
- Sí, sí, deseo, deseo todo, claro, esos niños, yo, los productos, tomen, tomen, aquí tienen mi alma, siempre la tuvieron.
Me pregunto señora, si esta, mi carta, tendrá algún sentido. Ya nada lo tiene para mí, porque a mí ¿Sabe? Los productos me hablan. Seguramente, usted, del otro lado, mi primer y última confidente, quizá no sepa leer, quizá no quiera entender, no conviene entender, pero creamé, yo a usted sí la entiendo, y hasta creo que soy yo quien deba contenerla ahora.
De mi mayor consideración, si usted cree en que yo existo (confío en que usted sí existe, creamos en algo aunque sea), dejemos de lado las supersticiones, a un lado la compra de woks ¡Seamos carne una vez! Anímese e invíteme una tacita de café.

5.10.09

Somos transmisores, de H.P.Lawrence

Mientras vivimos somos transmisores de la vida.
Y cuando dejamos de transmitirla, la vida deja de
fluir por nosotros.
Esto es parte del misterio del sexo, es un flujo hacia
adelante.
La gente asexuada no transmite nada.

Y si cuando trabajamos, podemos inyectar vida a lo que hacemos,
vida, más vida nos invade, nos inunda y compensa,
nos alista,
y vibramos con vida a través del curso de los días.

Aunque sólo fuera una mujer haciendo torta de
manzana, o un hombre creando una silla,
si la vida entra en la torta, buena es la torta
buena es la silla:
contenta la mujer, con fresca vida manando en su
interior,
contento el hombre.

Da y te será dado
es todavía la verdad acerca de la vida.
Pero dar vida no es tan fácil.

No significa entregarla al primer miserable, o dejar
que los muertos en vida te devoren.
Significa propiciar el fuego de la vida donde no lo
había,

aun cuando sólo fuera en la blancura de un pañuelo
lavado.
foto: gastronomía tica

4.10.09

¿Por qué no te callas?

Conquista y rapiña: la acumulación originaria del capital se hizo saqueando la naturaleza de las colonias. Chorreando lodo y sangre: caza y esclavización de negros del África e indios americanos para someterlos en plantaciones, mitas y talleres.

La pereza de los conquistadores, que utilizaron las riquezas para hacerse una gran paja de oro, fue reemplazada por la ambición de los británicos, como el pirata Morgan y sus muñecas inflables.

“Somos la condición de posibilidad del capitalismo, el centro existe porque existe la periferia”, leí en Halperin Donghi. Y aún hoy campean exaltaciones monárquicas por América latina, como la del rey Juan Carlos I.

Y aún hoy no sorprenden exaltaciones burguesas en los medios de comunicación.




2.10.09

El Enemigo

Charles Baudelaire

Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta,
de fulgurantes soles cruzada aquí y allá;
fue de rayos y lluvia la obra tan violenta,
que en mi jardín hay pocos frutos bermejos ya.

Y hoy al otoño de las ideas he llegado,
y ahora debo al rastrillo y la pala esgrimir,
para alisar de nuevo el terreno inundado,
donde el agua agujeros como tumbas fue a abrir.

¿y quién sabe si, a esas flores nuevas que ensaya
mi sueño, da a este suelo, yermo como una playa,
el místico alimento que haría su esplendor?

-Come el Tiempo la vida, ¡oh dolor! ¡oh dolor!
¡Y el oscuro Enemigo que el corazón nos roe,
con nuestra propia sangre crece y cobra vigor!




Foto: Guido

26.9.09

...

Por Cartagena

Todo pudo haber comenzado,
en aquel banco,
en el Parque Bolivar.

Pero tú,
nunca exististe;
y sin embargo hoy,



estamos tristes.






25.9.09

Seis de Perú

Histora

“La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que será” imprimió Galeano en las Venas Abiertas. América Latina sufre el peso muerto de España. En Perú, más que en cualquier otro país de los que visité, es en dónde más se siente. Ese saqueo hoy se hace carne en toda la región. En Lima hay un barrio rico llamado Miraflores cuya plaza principal se llama Kennedy. No sólo es curioso su nombre, sino saber que originariamente se la denominó Manco Capac -primer cacique Inca- y que en los años 90 se lo reemplazó por ordenanza del alcalde Alberto Andrade, hace poco fallecido en Washington. La avenida más importante de este mismo barrio se llama Piazzarro. El centro está rodeada de franquicias como Mc Donald’s, Starbucks, Pizza Hut, Hoyt’s Cinema. Caminando con oído freak se escuchan tonos de español contaminados de modismos yankis. Eso sí, fuera de ese pequeño perímetro posmoderno está el presente. Millones de peruanos de todas las regiones: serranos, costeños y charapas, que migraron a la ciudad por urgencia. Y bajo esa misma urgencia viven, hacinados en casas de cartón, tapados por la mugre y rodeados de afiches de campañas políticas, la Liverpool del siglo XIX sería un palacio.


Avión

Por aire y agua son las únicas formas de llegar a la amazonía peruana. Nuestro presupuesto nos hizo fácil la elección. Fuimos en barco, claro, aunque de cualquier manera hubiésemos elegido ese medio. Nunca me fié de los viajes en avión, además del miedo disimulado que cubre la cabina de los pájaros de hierro, la sensación de elipsis y la anulación de espacio-tiempo me descolocan.


Esperando

Yurimaguas es muy pobre. Tiene pinta de haber sido devastada por una inundación no muy lejana. Maquinas oxidadas, chatarra abandonada por todos lados. Aguas pantanosas por toda la ciudad, calles en las que el alumbrado no funciona. Los hombres que van a embarcar se concentran en un bar frente a una casa en la que viven y trabajan cinco putas. Las minas se quedan sentadas en la puerta, bajo la luz pelada de una bombilla, esperando.


Verde

Una vez, en cuarto grado, mezclé todos los colores de las témperas y me quedó un verde opaco pero lleno de profundidad y vida. Me sentí tan orgulloso de mi creación que lo bauticé “verde natureza”. Y ese color un día volvió. Ese es el color que me rodea en la selva: todos los colores en orgía explotando en un gran verdemulticolor. ¿Será por eso que todos se sientan atraídos a conquistarlo?


Ayahuasca

El Chamán comenzó a canturrear. No pude distinguir ninguna de las palabras que salían de su boca, pero el mismo sonido se repetía una y otra vez. Luego sacudió una pequeña escoba sobre la casuela de barro y comenzó a silbar. Un arqueólogo de Trujillo me había contado que eso lo hacían para ahuyentar a los malos espíritus que podían meterse en la ayahuasca. El brujo agarró una botellita de plástico llena de ayahuasca. Echó el espeso líquido verde sobre la casuela y la bebió de un saque. Se limpió la boca y siguió canturreando. Un olor ácido había avanzado sobre la choza. Tal vez alguno de mis compañeros tosió para quebrar el silencio. No lo sé. La ansiedad, mezclada de miedo y nervios, me comía. Quería probar la ayahuasca, pero a los brujos no hay que apurarlos.


Presente

Tengo miedo a la ansiedad que te exprime el aura del ahora. Mi presente es el Amazonas: la sombra de todos los árboles que acarician esta hoja de cuaderno en la que escribo, la canoa meciendo sobre el río y mis amigos.

5.9.09

Viejo con árbol, de Roberto Fontanarrosa (ver video con volumen)



A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
—Ojo con la vía íalertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes, casi ítranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada? íya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejoí. ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá íbromeó alguno.
—Por ahí es amigo del referí —dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referíí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
—No ísonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatadoí. Música ídijo después, mirándolo de nuevo.
¿Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
—Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
—Y eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—...Eso es el fútbol.

Video: Costa Rica, Puerto Viejo.

3.9.09

Hiperquinesis (o escribir con el cuerpo)

Por Jairo Villa

No toleraría llevar una vida normal; y ya me lo dijo una vez Marco Andreé:
- No puede ser tu vida, la vida de los otros.
Aunque no haya sido así precisamente, aunque el estúpido haya utilizado el inglés más absurdo para estas palabras, porque así dice que se rige el mundo de hoy, ostentando todo aquello que no tiene consistencia.
- It cannot be your life, the life of others.
¡Que tontería! Ya no puedo renegar de mis amigos, ni del pasado. Pero él ya no es el mismo desde que lo nombraron y desde que Cécile lo puso en jaque.
A mí nada me pertenece. Todos son protagonistas de su propio film, y yo un mero extra de mi vida misma, aunque observo, observo, eso hago y es nulo.
Suelen hacerse de la mercancía del amor, de personajes secundarios y vestuario. Todo se lo apropian, es la vida; del vestuario se sujetan para transitar el paradigma y el rol que mejor les corresponda ¡Cuánta conveniencia sugiere la inseguridad de ser! ¡Vamos desnúdense mierda!
Cada film propone una realidad, universos intolerantes entre si, pero son la vida, ya lo dije, y yo, que observo, descreo de cada uno de ellos, y cuando aproximo alguno temo;
a mí nada me pertenece.
La vida se rige aceptando el principio de que nacimos muertos; y hablo de caminantes, de conductores de trenes y snobismo ¡Qué rico pensar que todo sucede ahora! En el preciso momento en que estamos acá, trayendo al plano consciente la vida, mientras que en algún rincón de la esfera de cristal:
- Es varón, se va a llamar Nicola, como su abuelo.
No se puede vivir exento de esto; es la muerte.
Marco Andreé que estudió tenazmente la filosofía del cine insistió:
- Debes renunciar a tu puesto de extra; lo único que interesa en esta vida es el éxito. Son pobres los pobres, y démosle de comer ¡Pobres pobres! pero ¡Vamos amigo, no seamos idiotas! A todos nos conviene esta relación, mantenerlos así, en esas condiciones; la solidaridad es soberbia. ¡Despierta ya hermano! Si quisieras, podría darte sexo oral en tu ego, todos lo necesitamos alguna vez.

Los espacios que dejo en blanco fueron mi silencio. Debería dejar de pensar, de perder el tiempo; las actividades intelectuales son la peor de las mentiras. Voy a dedicar mi vida a ganar tiempo, a depositarlo en una cajita de polvo y venderlo a quienes lo necesiten:
- Tomen, aquí tienen el tiempo que ahorré, yo no existo.
Todo es ajeno, nada es real, y el único espacio en donde hay vida, es ahora, pero ¿Cómo transmitirlo a los otros?, ¿Para qué seguir jugando a escribir?

Hiperquinesis del pensamiento;
la inmovilidad es ilusoria,
la constante indiferencia el suicidio vivo;
Por dentro hay revoluciones
y esto es lo único que me pertenece.

31.8.09

Tragedia del misterio*




por Juan Carlos Dall'Occhio











Noche estrellada, sensual brisa.
Erótica y radiante, la muchacha se mece

en la plaza.


Musculosa escotada, corpiño ajustado que da forma a unos redondosy rígidos pechos

que buscan mi mirada.
La agitación del mundo sobre la hamaca desnuda sus piernas firmes
y un atisbo rosado de su bombacha.

Me acerco, ella sonríe blanco. El juego y las palabras: preludio del carnaval.

“Me gustaría saber qué escondés debajo de tu ropa”.

Habitación naranja, colchón pelado, sábanas revueltas.

Se desnuda el deseo de vivir: eyaculan vicios, susurran virtudes: ceremonia de hormonas.
Vez tras vez hacemos el amor, cada vez más rico.

Algo nos detiene: insatisfacción.
“Me gustaría saber qué escondés debajo de tu carne”.

La despellejo con los dientes, chupo los músculos de sus muslos y desgarro la fibrosa corporalidad trabando los colmillos.
Teñidos en sangre; vez tras vez hacemos el amor, cada vez más rico.

Algo nos detiene: celos.
“Me gustaría saber qué escondés dentro de cada órgano”.
Opero su estómago, riñones, socavo vísceras el cirujano.
Penetro sus órganos, baño mi cabeza y manos de fluidos amarillos, blancos y rojos.
Vez tras vez hacemos el amor, cada vez más rico.

Algo nos detiene: estética del deterioro.
“Me gustaría saber qué escondés detrás de esta carnicería”.

Segrego entre sus huesos, rasco las costillas, arranco las caderas, mastico cartílago, me masturbo con las grietas del rostro cadavérico.
“Conozco cada uno de tus fragmentos en descomposición”.

Vez tras vez hacemos el amor, hasta desvanecer

la existencia.



*el título original era Naturaleza Muerta, pero valió su reformulación una noche de inspiración.

26.8.09

La bifurcación, de Raúl Scalabrini Ortiz.


Al contemplar el atlas, confundido ya con los libros, que en un rincón de mi cuarto se cubren de polvo pacientemente, recuerdo un acontecimiento que pudo decidir el rumbo de mi vida.
Tenía diez y nueve años y estaba solo en el mundo. Vivía enfermo de melancolía y de abulia. Un amigo, cuyo padre era proveedor de los barcos mercantes que arribaban al puerto, me ofreció un puesto en un velero. Muchas veces habíale contado mis deseos de viajar, el ansia de ver nuevas tierras, cielos distintos, hombres diferentes.
- Nicolás, me dijo, mañana parte un velero para Adelaida y necesitan, urgente, un empleado a bordo. Puedo conseguirte el puesto por intermedio de mi padre. Debes decidirte antes de las seis.
- ¿Y una vez en Adelaida?
- Allí sabrás arreglarte. No eres un nene.
- ¿Pero el barco no vuelve?
- No. De allí irá a Londres y quizás recién vuelva a Buenos Aires; depende de los armadores.
- Pero, ¿y si no volviera?
- Eso es cuestión tuya. Ya lo sabes, hoy a las seis. Supongo que no desaprovecharás esta ocasión. Hasta luego.
Quedé anonadado, perplejo. La incertidumbre, en que me hundió la sorpresa y la inseguridad de la vuelta, fue transformándose en temeroso desaliento. Como el viajero que oye un rugido en la selva, yo buscaba mis armas, mis vehementes deseos, y me deseperaba no encontrándolos.
La vida se abría ante mí en toda su amplitud, resplandeciente y misteriosa, incitando a la lucha, presentándose llena de recovecos y asechanzas. Me veía en Adelaida, pobre, sin poder volver, rondando de oficio en oficio o vagando de puerto en puerto, siempre miserable, siempre extranjero, siempre acosado. Viviría flotando, como la resaca, en la orilla del mar, al borde de las ciudades, en el fondo de las tabernas de Sidney o de Melbourne. Quizá me hiciera marinero, alentado por la esperanza, y conociera el soplo del Tifón y los mares del fondo del Indico.
¡Siempre solo! Extranjero en todos lados, en acecho constante, en una lucha horrible, cuerpo a cuerpo con el destino, por el pan de cada día. Y, sin más límite que la posibilidad de vivir, ir perpetuamente de acá para allá, como una hoja seca, como un corcho, juguete de olas. Posiblemente por las noches, en el mar, bajo las estrellas, y en las tabernas entre el aire acre y el retumbar de los tamboriles, pensara en mi lejano país, en mi vida que pudo ser tranquila y en el risueño hogar que pude formar. Y en el recuerdo, unido a la fantasía, amargaría a la cosa humana juguete del destino, del viento, de las olas y los hombres.
A mi alrededor pasaban los transeúntes apresurados y las damas con menudos pasos. Sentí un inmenso amor a todos, me parecían hermanos, amigos. Mi vida se me presentó risueña, rodeada de seres que conocía, que hablaban y pensaban como yo. Mis angustias, mis anhelos desaparecieron.
- Quiero vivir aquí, me dije. Quiero darles mi afecto para recibir el suyo.
La tarde moría insensiblemente. El reloj marcaba las seis y cinco. La hora decisiva había pasado y me invadió un agradable bienestar. Fui a ver a mi amigo. Me recibió malhumarado.
- Veo, me dijo, que te quejas en vano.
- Me ha dado miedo, confesé, la vida aventurera.
- Siempre da miedo emprender algo nuevo, contestó sentenciosamente. No debes quejarte de lo que no quieres remediar. Ve, vagabundo casero, ve a tu cuarto, a soñar que viajas.
Me despidió con estas frases mordaces, que aún me pesan.
Si pudiera rehacer mi vida, si pudiera decirle al destino, como a un amigo complaciente:
- ¡Ea, me equivoqué! Comencemos de nuevo la partida para que tenga interés.
¡Ah! si fuera ahora cuando debiera contestar, le diría:
Tengo el coraje suficiente, para afrontar esta enorme variación de mi vida. Sé que sin luchas, la existencia no presenta atractivos. Parto mañana para Adelaida.
Pero ya es tarde, no supe conocer la encrucijada de los caminos.

19.8.09

Los niños muertos posmodernos

Por Guido Zappacosta

Decile que NO.
¿Horacio?
Decile que NO al nene
Se va a caer, se va a caer.
¿Vez? ¿Qué te dije?
Ahora llora.
El nene, llora.
¿Por qué llorás?
Decile a mami que te quiere, ¿Por qué llorás?, dale.
Los machos no lloran.
¿O no que los machos no lloran Horacio?
Horacio te estoy hablando, dejá de mirarles las tetas a mi hermana.

Dale levantate.
¡Dejá de llorar querés!
¡Mirá que NO te llevo a Mc Choto y olvidate de la Cakita Poronga eh!
Asique portate bien.
¿Te vas a portar bien?

Caminá derecho, parecés tonto.
¿A dónde vas?
Ya sabés que NO tenés que hablar con extraños.
¿NO ves que te pueden secuestrar?,
o matar,
o beber.
¡Que sea la última vez!
¿Me escuchaste?
¿Me escuchaste?

¿Qué mirás?
Mirá para adelante, te vas a caer denuevo, después llorás.
Caminá bien, dale.

NO. NO, eso NO.
NO.

Ahora decime vos,
¿Por qué carajo NO me saliste como el hijo de la Iris?
Ese nene sí que se porta bien, le encajan todo el día la mierdesteiyon y muzzarella, se clava ahí todo el día el hijo de puta, ni de comer le dan al guacho.
En cambio vos, vos rompés las bolas todo el día.
Pero bueno,
igual mami te quiere, te quiere mami.

¿Qué hacés?
Dejá el revolver de papi que con eso comemos, ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Horacio podés decirle por favor que deje el revolver.

¡¡¡HORACIO!!!


"Los niños muertos posmodernos son los hijos de caprichos mayores, que asesinan a los pequeños caprichitos"

29.7.09

El juego de las relaciones humanas

Por Agustín Kazah

Siempre creí que las relaciones entre el hombre y la mujer se asemejan a un juego de ajedrez. En principio se cree estar en igualdad de condiciones, pero para que el juego avance uno tiene que (y es su deber) "atacar" primero. Pero, como sucede en la vida real, aunque uno crea estar atacando, y aún cuando se esta convencido de estar haciendo la mejor de las partidas, es la Reina la que domina el juego. La Reina representa al jugador con mayor libertad. Ella seduce, esquiva, inquieta, perturba. Puede que en el camino se distraiga con algún peón, pero ella sabe que su objetivo es el Rey. Ella si lo sabe porque es el verdadero y único jugador.
El rey, convencido de que ha mandado todo su ejército en pos de su objetivo, no hace más que esperar su destino inevitable. Su tragedia se representa en la imposibilidad de su movimiento. Paralítico, no hace más que esperar el grito fatal. Y hasta en cierta dosis de ingenuidad, puede hasta sonreír si se descubre sorteando algún jaque.
Escribo hoy desde este tablero anacrónico e improductivo. Ayer yo fui Rey, también me tocó ser peón y quizás algún día otra vez Rey. Puede que hasta tal vez vuelva a jugar con la misma pasión. Y todo parecerá nuevamente bello, hasta que, inevitablemente, la Reina decida acabar el juego.

20.7.09

La flor y el nene

-no sé- le dijo la flor al cielo.
los días grises son indecisos.
-no puedo- rezongó.
suaves. rojos. heridos.
pétalos pretenden atravesar el viento.
-no hay colores- temió.
las nubes cubrían la vida.

inclinada. resignada. la miró el nene.
-la duda me libera-
y rozó rosa mejilla, caviloso.
-los colores estallan en tu bulbo-
y comió una manita de tierra.
-la música, la brisa...-
sentadito se durmió encima,
junto a ella.

la flor lo besó. y devolvió la vida al mundo.

2.7.09

Hamacas



Video: barco-balsa Eduardo III, Iquitos, Amazonía peruana.

23.6.09

Perpetua*

Cartagena estaba caluroso, pero no era verano.
De camino al Círculo Español para ver una película al aire libre pasamos con Guido frente la inmensa puerta de madera de La Casa Simón Bolivar.

No sé si él golpeó para hinchar las bolas, o sin darse cuenta, o si sólo amagó con el puño cerrado y no golpeó en absoluto.

Cien pasos más adelante, por una de esas callecitas escurridizas, terminaba el casco histórico. Nunca habíamos salido, pero ni bien hubimos pasado la primea cuadra empezaron a salir prostitutas y vagabundos, y nos hacían señas, amistosas o de amonestación, asustados ellos mismos, encogidos por el miedo. Señalaban hacia la puertaza de madera que habíamos pasado y nos recordaban el golpe en le portón de Guido. Los dueños de La Casa Simón Bolivar nos demandarían, y seguido vendría la deportación.

Yo estaba muy tranquilo, y tranquilicé también a Guido que parecía preocupado. Probablemente él ni siquiera había golpeado, y si lo había hecho en ninguna parte del mundo iban a probarlo. Traté de hacerle entender eso a la gente que nos rodeaba. Me prestaban atención, pero se abstuvieron de emitir opinión, no estaban acostumbrados a hacerlo. Después dijeron que no solamente Guido sería demandado sino también yo, en calidad de amigo suyo. Yo negué con la cabeza sonriendo.

Todos volvimos la mirada hacia la callecita oscura, de la misma manera de como, antaño, debieron haberse observado a los piratas avanzar por el mar Caribe. Y efectivamente, pronto vimos entrar a unos bici-policías por la puerta gigante totalmente abierta. Se levantó una polvareda; ocultó todo; únicamente se veía centellear los rayos de las ruedas de las bicicletas. En seguida se dirigieron hacia nosotros. Quise obligar a Guido a irse, yo les explicaría a los policías. Él se negaba. Pero lo convencí cuando le recordé que al otro día empezaba a laburar en la librería y no tenía que meterse en quilombos. Finalmente, me hizo caso y se fue para la pensión.

En seguida llegaron los bici-policías; sin bajarse preguntaron por Guido.

-No está-, dije asustado,-pero va a volver-.

La respuesta fue recibida con indiferencia. Lo que, ante todo, pareció importante fue que al menos me encontraron a mí. Se trataba de dos señores: uno hombre joven, con aspecto de Decano, y su silencioso ayudante, a quién le dió el nombre de Elías.

Me ordenaron que entrara al edificio público que estába a unos metros. Lentamente, moviendo la cabeza de un lado a otro, jugando con las mangas de mi mochila, caminé bajo la atenta mirada de los policías. Todavía creía, casi, que bastaría una palabra para que yo, hombre de la Gran Ciudad, fuese puesto en libertad.

Pero no bien crucé, el Decano se había adelantado de un salto y me esperaba allí y le dijo a su ayudante:

-Este joven me da lástima-.

Pero, sin lugar a dudas, esto no quería aludir a mi actual situación, sino a lo que pasaría conmigo dentro de un tiempo.

El edificio público parecía una celda carcelaria: oscuro, grandes lozas de piedra, paredes completamente desnudas. ¿Podría no gustar otro aire que ese de la prisión cotidiana? Ésa es la gran pregunta, o mejor dicho: lo sería si aún tuviese perspectivas de ser liberado.



Foto: Círculo Español, Cartagena de Indias de Guido.

*Cover de Franz Kafka "El portón de la Quinta"

8.6.09

"Déjeuner du matin”, de Jacques Prévert

“Déjeuner du matin”, de Jacques Prévert, du livre “Parole”
Déjeuner du matin

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s'est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis son manteau de pluie
Parce qu'il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j'ai pris
Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré


Desayuno por la mañana, de Jaques Prevert, libro “Parole”
Desayuno por la mañana

El puso el café
Dentro de la taza.
El puso la leche
Dentro de la taza de café
El puso la azúcar
dentro del café con leche
Con la cucharita
el revolvió.
El bebió el café con leche
y apoyó la taza
Sin hablarme
el prendió un cigarrillo
Hizo redondeles
con el humo
puso las cenizas
dentro del cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se levantó
El puso
su sombrero sobre su cabeza
El se puso su capa de lluvia
porque llovía
Y él partió
bajo la lluvia
Sin una palabra
Sin mirarme
Y yo agarré
mi cabeza entre mis manos
y lloré.

7.6.09

De Noche (Kafka)

Abismado en la noche.
Tal como a veces inclina uno la cabeza en el pecho para reflexionar, así, estar por completo abismado en la noche. Todo en derredor duermen los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente, es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro, estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después en una comarca desierta: un campamento al raso, una inabarcable cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie, con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente.
Y tú velas; eres uno de los vigías. Agitando un tizón que has tomado del montón de ramas faccionadas que hay a tu lado, descubres al vigía más próximo.
Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar ahí.















Fotos: Serie los durmientes, de Guido Zappacosta.

29.5.09

Atacames (viaje desembarcado)

por Philippe Corre*

Ah ouf, cette fois c est la bonne! Belle plage, de l animation, une mer propre, nous y sommes. Premiers bains, premiers rouleaux, et un peu plus pour pour certains, enfin euh j anticipe, reprenons. A peine arrives sur la plage, nous invitons 4 argentins supposés a la vue de leur bombilla de mate a partager un foot. Nos différentes confrontations au cours de ce sejour seront a l image du France/Argentine de Marseille, des défaites franches et indiscutables.
Le Toque des Tito, Guido, Nicolas et Agustin a vite eu raison de notre débauche physique de buveurs de bière. Faudrait qu on pense a se mettre au maté nous aussi.

¡¡Ah esta vez si!! Estamos en el Pacifico Soñado. Linda playa, mucha movida, un mar limpio, las chicas en bikini: llegamos. Primeros baños, primeras olas y primeros rollos para Cecile, hermana de Jean Philippe, quien nos ridiculizó en nuestra carrera por la camiseta nacional de fútbol (el primero que estaba con una chica/o se ganaba la camiseta del país...).

Bueno retomo. Cuando recién llegábamos a la playa invitamos a cuatro “boludos” argentinos (lo supusimos por la bombilla de mate) a compartir un fútbol. Nuestros diferentes partidos playeros durante nuestra estadía fueron similares al enfrentamiento de las selecciones de Francia y Argentina en Marsella: derrotas francas e indiscutibles. El "Toquecito" de los Tito, Guido, Nicolás y Agustín acabo rápidamente con nuestro desgaste físico de bebedores de cervezas. Tal vez sería una buena idea que pensamos en tomar mate nosotros también!!



* Philippe es uno de los amigos de Bretaña, que conocimos en Ecuador, y que por esas cosas que tienen los viajes hoy está en Argentina compartiendo nuevamente unos mates con nosotros. La amistad que allá formamos quedó inmortalizada en un posteo póstumo:


http://mirarpensarmirar.blogspot.com/2009/02/viaje-embarcado.html

26.5.09

De cronopios y de famas, por Julio Cortázar


Flor y cronopio

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos.
Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber:
le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor
y se duerme envuelto en una gran paz.

La flor piensa: «Es como una flor».

Foto: Cajamarca, Perú.

22.5.09

"La decadencia de los dragones", de William Ospina


EL PLACER QUE NO TIENE FIN

En eso, una vez más quisiera comparar a la literatura con la música. Quien escucha música para algo, no la escucha plenamente. Sólo lo hace quien la escucha por la pasión de hacerlo, porque la disfruta, porque la necesita, porque es parte de su vida escucharla. Además, como tanto se ha dicho, la música destruye el principio de que las cosas existen para ver un desenlace. Quien oiga música esperando un final, se habrá perdido la sustancia de cada instante. Porque la música es cada instante; aprender a oír música es aprender a reconciliarse con el paso del tiempo, amar lo que existe y huye, recibir lo que viene, para lo cual es necesario continuamente despedir lo que pasa. Yo diría que si bien hay muchos libros que nos dan su tesoro una vez y ya no reclaman de nosotros repetición alguna, los mejores libros son aquellos a los que siempre queremos volver, de los que no podemos decir que ya los conocemos, a los que siempre estamos conociendo.
Ese es uno de los misterios del arte, un misterio que el arte comparte con la naturaleza. Cuando alguien dice "ven, vamos a ver salir la luna llena", uno normalmente no responde "yo ya la vi salir el año anterior", uno corre a verla de nuevo como por primera vez. Y no decimos "yo ya vi el mar, ya vi las estrellas, ya vi el atardecer", volvemos a ver el mar, "que siempre recomienza", volvemos a la primera estrella como fuéramos el primer ser humano que la mira. Volver al atardecer, como decía Borges, como si el secreto intacto que arde en él por fin estuviera a punto de ser revelado. Así son el arte y la música y la literatura. Claro que es un goce ese libro que nos recomiendan, que no hemos leído y que empieza a perfilarse como una promesa. Pero tal vez los mejores libros son aquellos que, leídos muchas veces, siguen siendo una promesa para nosotros.
Foto: Pato, Carmo - Brasil.

18.5.09

No lo leí

Este posteo surge de un texto de Cortázar que leyó Guido y decidió compartirlo conmigo. Como en ese momento me encontraba en la noche previa de rendir un examen, le respondí el mail justificando porqué no lo iba a leer todavía. Durante la redacción se me iban viniendo, de golpe, muchas cosas a la cabeza que no dudé en compartirlas con mi amigo. Vaya si estaba cargado ese día, que cuando me dispuse a escribir sólo unas líneas escupí lo que me estaba pasando. A Guido le pareció interesante subirlo al blog y, después de meditar varias veces sobre la verguenza que daría hacerlo "público", decidí hacerle caso... sólo que esta versión está un poco peinada.

tito

Locura,

Me guardo el texto para compartirlo alguna noche de debate cine con el Bocha. A propósito de tu ausencia-texto-presencia. No casualmente nos acabamos de despedir hasta el fin de semana con el muchacho de continuidad de la frente con la nariz. No casualmente fue a la salida de la Feria del Libro, que de feria sólo tiene el nombre -¿A nadie la preocupa pensar que tan bastardeada quedó la palabra feria, como la palabra mercado, con lo que hoy se convirtieron? “Ya no en esos románticos lugares donde se intercambiaban bienes y chismes”, dijo Galeano- Seguro que sí, y muchos se lo deben preguntar, pero estamos tan atomizados que nos es difícil encontrarnos.

De todas maneras jugamos. Sí, jugamos. Primero recorrimos la Feria: "Muy bueno este", "muy caro lo otro" "mirá, el inédito de Cortazar" "ese tipo es mi profesor" "genial, conocer en carne y hueso a un escritor lo saca de ese lugar de semi-mostruo y saber que los escritores existen". Después jugamos a las escondidas, o mejor dicho, a las encontradas. "En una hora y media en el stan de la la La Nación". Encontramos un libro para cada uno, que uno le encontró al otro para evitar ese doloroso paso de la negociación cual mercancía. Así convertimos el deseo de consumo en el regalo de un amigo y no en una transacción. Un inesperado regalo aparte, más sutil, más sencillo, más mágico.

Ahora tengo Modernidad, historia y política de Agapito Maestre. No sé quién es, ya me enteraré, pero la encuadernación, la tapa, el olor, el gramaje de las hojas, las tintas negras que cubren el crema de las páginas incorporar el alma de la contracultura, de la amistad que por un rato todo lo puede. Como este mail, como Lucas, sus compras de Cortázar que me mandaste y que insisto en que todavía no leí.

¿Cómo anda por allá el amigo? Seguro que bien y eso me alegra. Yo también estoy bien si me pregunta. Estudiando, ya rendí una serie de parciales, el jueves me queda, por caso, el saldo de filosofía... al que le tengo miedo a pesar de ser la materia que más veces leí antes de un examen... miedo porque la leo con el cuerpo, con el alma, y eso me desnuda y me confude, todo lo cuestiono, todo me lo cuestionan.

Hoy fuí al médico y la doctora que me atendió me dijo que estoy bien, un kilo abajo de la media nomás, -¿Le estará contando la médica a una amiga o al marido que hoy atendió a un paciente y le dijo que estaba bien?-. Muy atenta la señora. Vió en mi formulario la temprana muerte de mi viejo y me preguntó sobre eso. Se sensibilizó creo. Me preguntó cómo lo estaba llevado, cómo estaba mi vieja. Comentó que debía haber sido un cambio radical en mi vida. “Creo que no existe ni un bien ni un mal para definir cómo se lleva esa situación”, le dije, “simplemente se llevan”. Y eso lo comprendió muy bien.

Yo no me quedé ahí, no, no, no. Seguí pensando... me fui caminando en vez de tomar el colectivo. Pensé mucho, pero no me animé a sentarme en un banquito de Parque Centenario a pensar más de lo que estaba ya pensando. Sentí dolor, hace mucho que no lo sentía así, sentí dolor y me repetí la afirmación de la médica: "Te cambió la vida después de ese momento". Sí, me cambió, me cambió y me sigue cambiando, pero eso no me pone triste; es como aprender algo nuevo todos los días.

Leí en el diario sobre una enfermedad genética que se llama CIPA o “insensibilidad congénita al dolor” –voy a tener que preguntarle a Marra que seguramente sabrá precisarla mejor que yo-. Me llamó la atención esta enfermedad porque, según la doctora que entrevistaban y que había estudiado varios casos de CIPA, los chicos que la padecen, por ejemplo, se rompen una pierna mientras juegan y se levantan y siguen caminando sobre ella como si nada. “Sienten que algo les incomoda al caminar, - dice - pero se siguen moviendo”. Hay un caso de un chico al que le tuvieron que sacar los dientes de leche porque se arrancaba trozos de su propia lengua. También se lastimó las manos y otras cosas que no vienen al caso para no hacer amarillismo. Todo por no sentir dolor. Además, viven en un estado de permanente control para evitar autoflagelaciones.

Entonces pensé; finalmente el dolor no es un síntoma para despreciar, el dolor es el síntoma de la vitalidad, sin dolor no percibimos todos los aspectos de la vida, el dolor te dice "acá estás, de frente contra el mundo", algo de eso, me dijeron, explica Schopenahuer. El dolor de ver un e-mail en Colombia, en Panamá o en Conecticut de tu mamá y sentir ganas de abrazarla. El dolor dulce o el dolor amargo, de cualquier manera estás vivo. Y es energía no es medible ni cuantificable, es la energía de la vida, el tiempo mesiánico, la pausa. De eso hay que aprender, hay que enfrentar y no huir, no hacer zapping con todo.

Así es, así estamos. Seguramente la noche va a ser larga para quién tiene parcial mañana. El mail es algo inconexo, así se presentó el alma esta vuelta... no hace falta explicación para quien habla el mismo idioma. Que sigas bien, que sigas de viaje.

Abrazo


foto: Naturaleza muerta, de Guido en Cartagena

7.5.09

Experiencia

“Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce”.



por Juan Carlos Dall'Occhio


-Cuando tengas mi edad vas a entender. Yo te lo digo por experiencia.


Pero ¿Qué es la experiencia? Muchas cosas se ocultan a través de frases hechas, lugares comunes, cliché. Detenernos a desocultarlas es casi una obligación intelectual. Mirada crítica también se puede decir. En suma, la pregunta, la duda, serían el primer acto de reflexión frente a determinadas cosas que nos pueden llevar o no a respuestas correctas, pero en definitiva ¿Qué es lo correcto?

Sobre la experiencia; cuántas veces nos corrieron de discusiones o sencillamente las finalizaron con esa maldita oración: “ya vas a entender cuando tengas mi edad, te falta experiencia”. Cualquier califa que tenga hermanos mayores sabrán entender; muy frecuentemente sucede con los padres. Habría que definir experiencia. Quizás algo influenciado por las cosas que leí (como Walter Benjamin), entiendo a la Experiencia, no como algo que está atado a un tiempo -a un “tiempo vivido”-, sino a la capacidad de convertir en relato a eso vivido.
El relato puede presentarse de varias formas: como narración, como poesía, como video clip, como un saber hacer. Es necesario tener en cuenta esto. Del mismo modo que no es arbitrario el canal por el cual se exprese o elige expresar: en este sentido, no es lo mismo pasar las fotos de mis vacaciones por la computadora mientras las comento frente a un conjunto de personas que, torturadas de embole, se resignan autómatas frente al material visual. Por ello, un relato compone y reconstruye intelectualmente una acción pasada, es el esfuerzo de las sensaciones (corporales y sentimentales, todo en uno, porque eso somos: un todo orgánico).

Por otro lado, el argumento “te falta experiencia” también es represivo. Parecería ser condición de la experiencia llegar a cierta edad, la cual te habilita a voz y voto. ¿Pero es realmente así? Hay sobrados ocasiones en que esto se contradice. No obstante, no se trata de echar en cara nada a nadie -ni que los pendejos gugemos sobre el mundo que los viejos creen que habitan, ni que los viejos impongan sus valores sobre la impunidad de la pendejada- sino de pensar lo establecido y ponerlo en duda. La opinión, la intervención, la discusión no tiene ese límite de edad, justamente porque es la confrontación de las generaciones y culturas la que le dan giro a la idiosincrasia de este gran circo moderno. Sino nunca hubiésemos visto a una chica en bikini en la playa.
Un oficial de la armada, en 1976, dijo una vez a un diario: "Me asustan las personas jóvenes ahora, es algo terrible. Voy a la puerta y si es una persona joven no la abro". Sabemos como acabó, aprendimos al extremo como alguien puede acallar una discusión, ¿Es necesario repetirlo? algo más para apuntar a la hora de pensar la imputabilidad de niños - y no menores como se dice- NIÑOS de 14 años.

Vuelvo. El debate es la pala que despega las cáscaras adheridas al pensamiento. El ejercicio intelectual que, a los académicos, los saca de los esquemas de los libros, y a los divagantes les obliga el compromiso. Entrenar la mirada, relatarla.

En el colectivo, hoy, escuché a una señora decirle a la otra: “¿Cómo es posible que los inmigrantes, además de invadir nuestro país, usan nuestros hospitales?”. Otra frase común, ¿de qué inmigrante hablamos señora? Del boliviano que se rompe el culo laburando o de, por caso, el dueño de Coca-Cola FEMSA. Este último probablemente no use los hospitales, pero si a la gente como un recurso.

-Señora, con todo respeto, pero usted está haciendo un acto de discriminación. Una persona tiene derecho a recibir cualquier tipo de servicio básico independientemente de donde haya nacido.

La discusión terminó ahí. Por entrometido me ligué una serie de repudios: “insolente”, “pendejo”, “chusma”. Tan trillados como las frases aquí propuestas. Lo que quiero reflejar a través de esta situación es lo poco asimilado que parece estar la confrontación de ideas. La falta de tolerancia que desemboca en discusiones estériles con argumentos igual de cerrados. Entonces propongo lo siguiente, agarremos todo lo que tenemos por dado, por definitivo y seguro, y tirémoslo a la mierda. Porque ahí está el ejercicio intelectual: volver a tomarlo de a pedacitos y re construirlo, mirarlo, pensarlo y volverlo a mirar.



foto: Desayuno con Mario Benedetti en Cuenca.

Un alegre en este infierno (Divididos)

A dónde va esta ciudad
Dicen que se va a apagar
Qué quedó del sueño aquel
Quién va a ser rey de esta soledad.


Un pueblo de egos solos
Buscándose en la oscuridad
A estos hombres tristes


Por favor no dejen de amar.


Por acá no pasarán
El hambre de tu sueño robó
Simplemente imagina

Un alegre en este infierno

Futuros y pasados
Te roban el presente
Un mundo sin sopapa
A qué hora vuelve la luz?.


Que no roben tus sueños
Que no roben tus sueños
Que no roben tus sueños
Que no roben tus sueños
Que no roben tus sueños



Y por acá no pasarán.

17.4.09

Vietato introdurre Biciclette (Julio Cortazar)


En los bancos y casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, ente dócil de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: "y perros", lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder pero no es humillante, primero, porque sólo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas; que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

16.4.09

La resistencia, Ernesto Sábato


Son muy pocas las horas libres que nos deja el trabajo. Apenas un rápido desayuno que solemos tomar pensando ya en los problemas de la oficina, porque de tal modo nos vivimos como productores que nos estamos volviendo incapaces de detenernos ante una taza de café en las mañanas, o de unos mates compartidos. Y la vuelta a la casa, la hora de reunirnos con los amigos o la familia, o de estar en silencio como la naturaleza a esa misteriosa hora del atardecer que recuerda los cuadros de Millet, ¡tantas veces se nos pierde mirando televisión! Concentrados en algún canal, o haciendo zapping, parece que logramos una belleza o un placer que ya no descubrimos compartiendo un guiso o un vaso de vino o una sopa de caldo humeante que nos vincule a un amigo en una noche cualquiera.

Ahora la humanidad carece de ocios, en buena parte porque nos hemos acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario, en términos de producción. Antes los hombres trabajaban a un nivel más humano, frecuentemente en oficios y artesanías, y mientras lo hacían conversaban entre ellos. Eran más libres que el hombre de hoy que es incapaz de resistirse a la televisión. Ellos podían descansar en las siestas, o jugar a la taba con los amigos. De entonces recuerdo esa frase tan cotidiana en aquellas épocas: “Venga, amigo, vamos a jugar un rato a los naipes, para matar el tiempo, no más”, algo tan inconcebible para nosotros. Momentos en que la gente se reunía a tomar mate, mientras contemplaba el atardecer, sentados en los bancos que las casas solían tener al frente, por el lado de las galerías. Y cuando el sol se hundía en el horizonte, mientras los pájaros terminaban de acomodarse en sus nidos, la tierra hacía un largo silencio y los hombres, ensimismados, parecían preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte.