Selva
Jorge, el capitán del Eduardo III, nos acompañó hasta la casa de Moisés, un hombre nacido en Chachapoyas, la comunidad más grande del río Napo, afluente del Amazonas. El hombre se radicó en Iquitos para abrir su negocio de turismo. Allí discutimos un buen tiempo el precio y la cantidad de días que íbamos a pasar. Cerramos en 50 soles la jornada durante una semana y media, es decir 500 soles cada uno (casi 600 pesos argentinos). Un alojamiento barato y precario en Lima cuesta alrededor de 25 soles.
Moisés nos llevó en su bote a motor hasta el refugio del Alto Amazonas a orillas del Requena. El ‘Campamento de Moisés’ es un complejo con tres chozas en las que alternan sus seis hijos y sus siete sobrinos que hacen de guías y preparan la comida para los visitantes. La morada principal es espaciosa con una larga mesa de tabla en el medio en la que comen 20 personas. El lugar se aprovecha para colgar las hamacas protegidas por un rollizo mosquitero. En la segunda sólo duerme la familia de Moisés y la tercera está reservada para los turistas que están dispuestos a pagar un espacio más privado con cama con colchón y mosquitero. Nosotros compartimos la choza con unas chilenas y una pareja de argentinos. La habitación privada estuvo desocupada hasta que vinieron James y Sophi, un feliz y aventurero matrimonio de California. Jo.
El encuentro con la selva es inenarrable. Navegamos alrededor de 10 horas por el río Ucayali hasta que se funde con el río Marañón. Esa unión forma al negro y profundo río Amazonas que atraviesa de lado a lado el cuerpo del continente. Sus aguas tienen la calma ciega de un insecto. La vida fluye de su paisaje y el sonido es un concierto de especies exóticas. “Una vez, en cuarto grado, mezclé todos los colores de las témperas y me quedó un verde opaco pero lleno de profundidad y vida. Me sentí tan orgulloso de mi creación que lo bauticé ‘verde natureza’. Y ese color un día volvió. Ese es el color que me rodea y reviste la selva: todos los colores en orgía explotando en un gran verdemulticolor. ¿Será por eso que todos se sientan atraídos a conquistarlo?”. Esa fue mi primera y casi única anotación en toda mi estadía en el Amazonas.
Los primeros días fueron de caminatas y paseos por ríos y cochas (lagunas) que rodeaban al campamento. Nos proveyeron de unas gruesas botas de plástico para evitar que una serpiente nos clavase los colmillos. La omnipresencia de la humedad tropical, el calor y los zancudos obligan a usar ropa suelta pero que cubra bien el cuerpo. Yo me puse un poncho impermeable sobre el torso desnudo y un pantalón de jogging largo. En esas pequeñas expediciones vimos monos choros y perezosos que se nos acercaron por curiosidad y hambre. Nos persiguieron delfines de río y camugos sobrevolaron nuestra marcha. Además, alimentamos con nuestra sangre a más de dos mil especies de mosquitos. Éramos el espectáculo de la selva.
Pasamos tres noches en la comunidad de Puerto Miguel, donde Nilton, nuestro guía e hijo de Moises, nos hizo alojar por una familia. Es decir, colgamos nuestras hamacas con mosquitero en una pequeña habitación vacía. Nos solíamos levantar temprano con ansias de salir a explorar la selva, pero Nilton prefería dormir hasta tarde. Desayunábamos a eso de las once y entre que se decidía qué íbamos a hacer terminábamos por salir después del mediodía. Puerto Miguel se llama así en honor a un soldado que se distinguió durante la guerra con Colombia en 1940. Le pregunté por el asunto al hijo de Moisés y me dijo “sí”, fue un soldado que hizo algo en la guerra. “¿Qué fue lo que hizo?”, “bueno... hizo algo”.
La selva, se sabe, es inmensa. Los árboles son altos y sus ramas grandes y anchas como techos. Su fisonomía cubre el cielo y a las cinco de la tarde sólo unos hilitos de luz dan cuenta de la existencia del sol. Rodeados de insectos y animales exóticos, abriéndose camino con machetes entre la maleza, realizamos lentas y extensas caminatas. Los zancudos se proponían drenarnos. Nos alimentamos con frutas y tomábamos agua de las raíces que cortábamos de los árboles. Además de Nilton, nos acompañó Yefri, uno de sus primos (digamos que su función era salir corriendo a buscar ayuda si nos picaba algo venenoso). Los muchachos raspaban árboles y guardaban pedazos de corteza para vendérselas como muestras a científicos. Chuchuhuasa, Huairuro y Lupuna, son sus favoritos. De esas sabias salen los componentes principales de muchos remedios. Les pagan 1 sol por tres piezas. Luego, si les interesaba, los llevanban hasta el árbol: "Necesito dinero. Así gano más de lo que me da mi padre".
De las cuatro noches que nos habíamos propuesto acampar a la intemperie estuvimos sólo dos. En temporada de lluvias las crecidas del río alcanzan cifras extraordinarias (el record se registró en 1999 con 120 metros sobre el nivel del mar) y al mirar la nueva orilla que arrojaba la mañana Nilton se desconcertaba. Todos los años se reportan alrededor de 70 damnificados, viviendas destruidas y varias hectáreas de cultivos arrastradas. El día que decidimos volver para el campamento amanecimos encerrados por plantas flotantes. A Yefri lo notamos muy preocupado. Demoramos casi toda la tarde en encontrar el camino de regreso. Los pescadores con los que nos cruzábamos no mostraban mucho interés en explicarle a nuestro guía cómo llegar, sólo lo hacían a cambio de que les comprásemos sus pescados. Eran muy baratos, pero no todos ellos comestibles. Volvimos avanzada la noche con más de veinte presas en un balde. Jo.
SÁBADO 21 de diciembre EN TIGRE
Hace 5 años
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