Este posteo surge de un texto de Cortázar que leyó Guido y decidió compartirlo conmigo. Como en ese momento me encontraba en la noche previa de rendir un examen, le respondí el mail justificando porqué no lo iba a leer todavía. Durante la redacción se me iban viniendo, de golpe, muchas cosas a la cabeza que no dudé en compartirlas con mi amigo. Vaya si estaba cargado ese día, que cuando me dispuse a escribir sólo unas líneas escupí lo que me estaba pasando. A Guido le pareció interesante subirlo al blog y, después de meditar varias veces sobre la verguenza que daría hacerlo "público", decidí hacerle caso... sólo que esta versión está un poco peinada. titoLocura,
Me guardo el texto para compartirlo alguna noche de debate cine con el Bocha. A propósito de tu ausencia-texto-presencia. No casualmente nos acabamos de despedir hasta el fin de semana con el muchacho de continuidad de la frente con la nariz. No casualmente fue a la salida de la Feria del Libro, que de feria sólo tiene el nombre -¿A nadie la preocupa pensar que tan bastardeada quedó la palabra feria, como la palabra mercado, con lo que hoy se convirtieron? “Ya no en esos románticos lugares donde se intercambiaban bienes y chismes”, dijo Galeano- Seguro que sí, y muchos se lo deben preguntar, pero estamos tan atomizados que nos es difícil encontrarnos.
De todas maneras jugamos. Sí, jugamos. Primero recorrimos la Feria: "Muy bueno este", "muy caro lo otro" "mirá, el inédito de Cortazar" "ese tipo es mi profesor" "genial, conocer en carne y hueso a un escritor lo saca de ese lugar de semi-mostruo y saber que los escritores existen". Después jugamos a las escondidas, o mejor dicho, a las encontradas. "En una hora y media en el stan de la la La Nación". Encontramos un libro para cada uno, que uno le encontró al otro para evitar ese doloroso paso de la negociación cual mercancía. Así convertimos el deseo de consumo en el regalo de un amigo y no en una transacción. Un inesperado regalo aparte, más sutil, más sencillo, más mágico.
Ahora tengo
Modernidad, historia y política de Agapito Maestre. No sé quién es, ya me enteraré, pero la encuadernación, la tapa, el olor, el gramaje de las hojas, las tintas negras que cubren el crema de las páginas incorporar el alma de la contracultura, de la amistad que por un rato todo lo puede. Como este mail, como
Lucas, sus compras de Cortázar que me mandaste y que insisto en que todavía no leí.
¿Cómo anda por allá el amigo? Seguro que bien y eso me alegra. Yo también estoy bien si me pregunta. Estudiando, ya rendí una serie de parciales, el jueves me queda, por caso, el saldo de filosofía... al que le tengo miedo a pesar de ser la materia que más veces leí antes de un examen... miedo porque la leo con el cuerpo, con el alma, y eso me desnuda y me confude, todo lo cuestiono, todo me lo cuestionan.
Hoy fuí al médico y la doctora que me atendió me dijo que estoy bien, un kilo abajo de la media nomás, -¿Le estará contando la médica a una amiga o al marido que hoy atendió a un paciente y le dijo que estaba bien?-. Muy atenta la señora. Vió en mi formulario la temprana muerte de mi viejo y me preguntó sobre eso. Se sensibilizó creo. Me preguntó cómo lo estaba llevado, cómo estaba mi vieja. Comentó que debía haber sido un cambio radical en mi vida. “Creo que no existe ni un bien ni un mal para definir cómo se lleva esa situación”, le dije, “simplemente se llevan”. Y eso lo comprendió muy bien.
Yo no me quedé ahí, no, no, no. Seguí pensando... me fui caminando en vez de tomar el colectivo. Pensé mucho, pero no me animé a sentarme en un banquito de Parque Centenario a pensar más de lo que estaba ya pensando. Sentí dolor, hace mucho que no lo sentía así, sentí dolor y me repetí la afirmación de la médica: "Te cambió la vida después de ese momento". Sí, me cambió, me cambió y me sigue cambiando, pero eso no me pone triste; es como aprender algo nuevo todos los días.
Leí en el diario sobre una enfermedad genética que se llama CIPA o “insensibilidad congénita al dolor” –voy a tener que preguntarle a Marra que seguramente sabrá precisarla mejor que yo-. Me llamó la atención esta enfermedad porque, según la doctora que entrevistaban y que había estudiado varios casos de CIPA, los chicos que la padecen, por ejemplo, se rompen una pierna mientras juegan y se levantan y siguen caminando sobre ella como si nada. “Sienten que algo les incomoda al caminar, - dice - pero se siguen moviendo”. Hay un caso de un chico al que le tuvieron que sacar los dientes de leche porque se arrancaba trozos de su propia lengua. También se lastimó las manos y otras cosas que no vienen al caso para no hacer amarillismo. Todo por no sentir dolor. Además, viven en un estado de permanente control para evitar autoflagelaciones.
Entonces pensé; finalmente el dolor no es un síntoma para despreciar, el dolor es el síntoma de la vitalidad, sin dolor no percibimos todos los aspectos de la vida, el dolor te dice "acá estás, de frente contra el mundo", algo de eso, me dijeron, explica Schopenahuer. El dolor de ver un e-mail en Colombia, en Panamá o en Conecticut de tu mamá y sentir ganas de abrazarla. El dolor dulce o el dolor amargo, de cualquier manera estás vivo. Y es energía no es medible ni cuantificable, es la energía de la vida, el tiempo mesiánico, la pausa. De eso hay que aprender, hay que enfrentar y no huir, no hacer zapping con todo.
Así es, así estamos. Seguramente la noche va a ser larga para quién tiene parcial mañana. El mail es algo inconexo, así se presentó el alma esta vuelta... no hace falta explicación para quien habla el mismo idioma. Que sigas bien, que sigas de viaje.
Abrazo
foto: Naturaleza muerta, de Guido en Cartagena