“La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que será” imprimió Galeano en las Venas Abiertas. América Latina sufre el peso muerto de España. En Perú, más que en cualquier otro país de los que visité, es en dónde más se siente. Ese saqueo hoy se hace carne en toda la región. En Lima hay un barrio rico llamado Miraflores cuya plaza principal se llama Kennedy. No sólo es curioso su nombre, sino saber que originariamente se la denominó Manco Capac -primer cacique Inca- y que en los años 90 se lo reemplazó por ordenanza del alcalde Alberto Andrade, hace poco fallecido en Washington. La avenida más importante de este mismo barrio se llama Piazzarro. El centro está rodeada de franquicias como Mc Donald’s, Starbucks, Pizza Hut, Hoyt’s Cinema. Caminando con oído freak se escuchan tonos de español contaminados de modismos yankis. Eso sí, fuera de ese pequeño perímetro posmoderno está el presente. Millones de peruanos de todas las regiones: serranos, costeños y charapas, que migraron a la ciudad por urgencia. Y bajo esa misma urgencia viven, hacinados en casas de cartón, tapados por la mugre y rodeados de afiches de campañas políticas, la Liverpool del siglo XIX sería un palacio.
Avión
Por aire y agua son las únicas formas de llegar a la amazonía peruana. Nuestro presupuesto nos hizo fácil la elección. Fuimos en barco, claro, aunque de cualquier manera hubiésemos elegido ese medio. Nunca me fié de los viajes en avión, además del miedo disimulado que cubre la cabina de los pájaros de hierro, la sensación de elipsis y la anulación de espacio-tiempo me descolocan.
Esperando
Yurimaguas es muy pobre. Tiene pinta de haber sido devastada por una inundación no muy lejana. Maquinas oxidadas, chatarra abandonada por todos lados. Aguas pantanosas por toda la ciudad, calles en las que el alumbrado no funciona. Los hombres que van a embarcar se concentran en un bar frente a una casa en la que viven y trabajan cinco putas. Las minas se quedan sentadas en la puerta, bajo la luz pelada de una bombilla, esperando.
Verde
Una vez, en cuarto grado, mezclé todos los colores de las témperas y me quedó un verde opaco pero lleno de profundidad y vida. Me sentí tan orgulloso de mi creación que lo bauticé “verde natureza”. Y ese color un día volvió. Ese es el color que me rodea en la selva: todos los colores en orgía explotando en un gran verdemulticolor. ¿Será por eso que todos se sientan atraídos a conquistarlo?
Ayahuasca
El Chamán comenzó a canturrear. No pude distinguir ninguna de las palabras que salían de su boca, pero el mismo sonido se repetía una y otra vez. Luego sacudió una pequeña escoba sobre la casuela de barro y comenzó a silbar. Un arqueólogo de Trujillo me había contado que eso lo hacían para ahuyentar a los malos espíritus que podían meterse en la ayahuasca. El brujo agarró una botellita de plástico llena de ayahuasca. Echó el espeso líquido verde sobre la casuela y la bebió de un saque. Se limpió la boca y siguió canturreando. Un olor ácido había avanzado sobre la choza. Tal vez alguno de mis compañeros tosió para quebrar el silencio. No lo sé. La ansiedad, mezclada de miedo y nervios, me comía. Quería probar la ayahuasca, pero a los brujos no hay que apurarlos.
Presente
Tengo miedo a la ansiedad que te exprime el aura del ahora. Mi presente es el Amazonas: la sombra de todos los árboles que acarician esta hoja de cuaderno en la que escribo, la canoa meciendo sobre el río y mis amigos.
A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos. Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos. —Ojo con la vía íalertaba siempre Jorge mientras se cambiaban. —No pasan trenes, casi ítranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido. —¿No vino la hinchada? íya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejoí. ¿No vino la barra brava? Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos. —La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá íbromeó alguno. —Por ahí es amigo del referí —dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors. Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referíí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo. El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción. —¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja. —No ísonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatadoí. Música ídijo después, mirándolo de nuevo. ¿Algún tanguito? —probó el Soda. —Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora. El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo. —Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo. El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa. —Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado. El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó. —Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura... El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo. —Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura. Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció. —Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza... El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León. —Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música... El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable. —Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro. El Soda se tomó la cabeza. —¿Qué cobró? —balbuceó indignado. —¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió? El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo. —...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo. —Y eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—...Eso es el fútbol.
No toleraría llevar una vida normal; y ya me lo dijo una vez Marco Andreé: - No puede ser tu vida, la vida de los otros. Aunque no haya sido así precisamente, aunque el estúpido haya utilizado el inglés más absurdo para estas palabras, porque así dice que se rige el mundo de hoy, ostentando todo aquello que no tiene consistencia. - It cannot be your life, the life of others. ¡Que tontería! Ya no puedo renegar de mis amigos, ni del pasado. Pero él ya no es el mismo desde que lo nombraron y desde que Cécile lo puso en jaque. A mí nada me pertenece. Todos son protagonistas de su propio film, y yo un mero extra de mi vida misma, aunque observo, observo, eso hago y es nulo. Suelen hacerse de la mercancía del amor, de personajes secundarios y vestuario. Todo se lo apropian, es la vida; del vestuario se sujetan para transitar el paradigma y el rol que mejor les corresponda ¡Cuánta conveniencia sugiere la inseguridad de ser! ¡Vamos desnúdense mierda! Cada film propone una realidad, universos intolerantes entre si, pero son la vida, ya lo dije, y yo, que observo, descreo de cada uno de ellos, y cuando aproximo alguno temo; a mí nada me pertenece. La vida se rige aceptando el principio de que nacimos muertos; y hablo de caminantes, de conductores de trenes y snobismo ¡Qué rico pensar que todo sucede ahora! En el preciso momento en que estamos acá, trayendo al plano consciente la vida, mientras que en algún rincón de la esfera de cristal: - Es varón, se va a llamar Nicola, como su abuelo. No se puede vivir exento de esto; es la muerte. Marco Andreé que estudió tenazmente la filosofía del cine insistió: - Debes renunciar a tu puesto de extra; lo único que interesa en esta vida es el éxito. Son pobres los pobres, y démosle de comer ¡Pobres pobres! pero ¡Vamos amigo, no seamos idiotas! A todos nos conviene esta relación, mantenerlos así, en esas condiciones; la solidaridad es soberbia. ¡Despierta ya hermano! Si quisieras, podría darte sexo oral en tu ego, todos lo necesitamos alguna vez.
Los espacios que dejo en blanco fueron mi silencio. Debería dejar de pensar, de perder el tiempo; las actividades intelectuales son la peor de las mentiras. Voy a dedicar mi vida a ganar tiempo, a depositarlo en una cajita de polvo y venderlo a quienes lo necesiten: - Tomen, aquí tienen el tiempo que ahorré, yo no existo. Todo es ajeno, nada es real, y el único espacio en donde hay vida, es ahora, pero ¿Cómo transmitirlo a los otros?, ¿Para qué seguir jugando a escribir?
Hiperquinesis del pensamiento; la inmovilidad es ilusoria, la constante indiferencia el suicidio vivo; Por dentro hay revoluciones y esto es lo único que me pertenece.