
Siempre creí que las relaciones entre el hombre y la mujer se asemejan a un juego de ajedrez. En principio se cree estar en igualdad de condiciones, pero para que el juego avance uno tiene que (y es su deber) "atacar" primero. Pero, como sucede en la vida real, aunque uno crea estar atacando, y aún cuando se esta convencido de estar haciendo la mejor de las partidas, es la Reina la que domina el juego. La Reina representa al jugador con mayor libertad. Ella seduce, esquiva, inquieta, perturba. Puede que en el camino se distraiga con algún peón, pero ella sabe que su objetivo es el Rey. Ella si lo sabe porque es el verdadero y único jugador.
El rey, convencido de que ha mandado todo su ejército en pos de su objetivo, no hace más que esperar su destino inevitable. Su tragedia se representa en la imposibilidad de su movimiento. Paralítico, no hace más que esperar el grito fatal. Y hasta en cierta dosis de ingenuidad, puede hasta sonreír si se descubre sorteando algún jaque.
Escribo hoy desde este tablero anacrónico e improductivo. Ayer yo fui Rey, también me tocó ser peón y quizás algún día otra vez Rey. Puede que hasta tal vez vuelva a jugar con la misma pasión. Y todo parecerá nuevamente bello, hasta que, inevitablemente, la Reina decida acabar el juego.