23.6.09

Perpetua*

Cartagena estaba caluroso, pero no era verano.
De camino al Círculo Español para ver una película al aire libre pasamos con Guido frente la inmensa puerta de madera de La Casa Simón Bolivar.

No sé si él golpeó para hinchar las bolas, o sin darse cuenta, o si sólo amagó con el puño cerrado y no golpeó en absoluto.

Cien pasos más adelante, por una de esas callecitas escurridizas, terminaba el casco histórico. Nunca habíamos salido, pero ni bien hubimos pasado la primea cuadra empezaron a salir prostitutas y vagabundos, y nos hacían señas, amistosas o de amonestación, asustados ellos mismos, encogidos por el miedo. Señalaban hacia la puertaza de madera que habíamos pasado y nos recordaban el golpe en le portón de Guido. Los dueños de La Casa Simón Bolivar nos demandarían, y seguido vendría la deportación.

Yo estaba muy tranquilo, y tranquilicé también a Guido que parecía preocupado. Probablemente él ni siquiera había golpeado, y si lo había hecho en ninguna parte del mundo iban a probarlo. Traté de hacerle entender eso a la gente que nos rodeaba. Me prestaban atención, pero se abstuvieron de emitir opinión, no estaban acostumbrados a hacerlo. Después dijeron que no solamente Guido sería demandado sino también yo, en calidad de amigo suyo. Yo negué con la cabeza sonriendo.

Todos volvimos la mirada hacia la callecita oscura, de la misma manera de como, antaño, debieron haberse observado a los piratas avanzar por el mar Caribe. Y efectivamente, pronto vimos entrar a unos bici-policías por la puerta gigante totalmente abierta. Se levantó una polvareda; ocultó todo; únicamente se veía centellear los rayos de las ruedas de las bicicletas. En seguida se dirigieron hacia nosotros. Quise obligar a Guido a irse, yo les explicaría a los policías. Él se negaba. Pero lo convencí cuando le recordé que al otro día empezaba a laburar en la librería y no tenía que meterse en quilombos. Finalmente, me hizo caso y se fue para la pensión.

En seguida llegaron los bici-policías; sin bajarse preguntaron por Guido.

-No está-, dije asustado,-pero va a volver-.

La respuesta fue recibida con indiferencia. Lo que, ante todo, pareció importante fue que al menos me encontraron a mí. Se trataba de dos señores: uno hombre joven, con aspecto de Decano, y su silencioso ayudante, a quién le dió el nombre de Elías.

Me ordenaron que entrara al edificio público que estába a unos metros. Lentamente, moviendo la cabeza de un lado a otro, jugando con las mangas de mi mochila, caminé bajo la atenta mirada de los policías. Todavía creía, casi, que bastaría una palabra para que yo, hombre de la Gran Ciudad, fuese puesto en libertad.

Pero no bien crucé, el Decano se había adelantado de un salto y me esperaba allí y le dijo a su ayudante:

-Este joven me da lástima-.

Pero, sin lugar a dudas, esto no quería aludir a mi actual situación, sino a lo que pasaría conmigo dentro de un tiempo.

El edificio público parecía una celda carcelaria: oscuro, grandes lozas de piedra, paredes completamente desnudas. ¿Podría no gustar otro aire que ese de la prisión cotidiana? Ésa es la gran pregunta, o mejor dicho: lo sería si aún tuviese perspectivas de ser liberado.



Foto: Círculo Español, Cartagena de Indias de Guido.

*Cover de Franz Kafka "El portón de la Quinta"

8.6.09

"Déjeuner du matin”, de Jacques Prévert

“Déjeuner du matin”, de Jacques Prévert, du livre “Parole”
Déjeuner du matin

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s'est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis son manteau de pluie
Parce qu'il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j'ai pris
Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré


Desayuno por la mañana, de Jaques Prevert, libro “Parole”
Desayuno por la mañana

El puso el café
Dentro de la taza.
El puso la leche
Dentro de la taza de café
El puso la azúcar
dentro del café con leche
Con la cucharita
el revolvió.
El bebió el café con leche
y apoyó la taza
Sin hablarme
el prendió un cigarrillo
Hizo redondeles
con el humo
puso las cenizas
dentro del cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se levantó
El puso
su sombrero sobre su cabeza
El se puso su capa de lluvia
porque llovía
Y él partió
bajo la lluvia
Sin una palabra
Sin mirarme
Y yo agarré
mi cabeza entre mis manos
y lloré.

7.6.09

De Noche (Kafka)

Abismado en la noche.
Tal como a veces inclina uno la cabeza en el pecho para reflexionar, así, estar por completo abismado en la noche. Todo en derredor duermen los hombres. Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente, es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro, estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después en una comarca desierta: un campamento al raso, una inabarcable cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie, con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente.
Y tú velas; eres uno de los vigías. Agitando un tizón que has tomado del montón de ramas faccionadas que hay a tu lado, descubres al vigía más próximo.
Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar ahí.















Fotos: Serie los durmientes, de Guido Zappacosta.